En plena revolución de la superinteligencia, elijo seguir estando
Si la tecnología cada vez nos permite hacer más en menos tiempo, ¿qué hacemos con todo ese potencial y dónde decidimos poner el valor?
Llevo años trabajando en el sector tecnológico y pocas veces he tenido la sensación de estar viviendo un cambio tan profundo como el actual. Hemos vivido muchas revoluciones, nuevas tecnologías y cambios de modelo, pero lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial, o como ya empezamos a llamarla, la superinteligencia; tiene una particularidad: no solo transforma lo que hacemos, sino también cómo lo hacemos, cuánto cuesta hacerlo y, sobre todo, dónde está el valor que aportamos a nuestros clientes.
La IA está cambiando las reglas del juego a una velocidad extraordinaria. Lo que ayer requería equipos numerosos, semanas de trabajo y un conocimiento muy especializado, hoy puede resolverse en mucho menos tiempo. La productividad aumenta, los costes se revisan y los modelos de negocio sobre los que hemos construido nuestras compañías durante años empiezan a cuestionarse.
Y creo que es bueno que así sea.
No podemos pretender que una revolución de esta magnitud no cambie nuestra industria. Las compañías tecnológicas tenemos la responsabilidad de revisar cómo trabajamos, cómo nos organizamos y cómo generamos valor. Quedarnos como estamos no es una opción. Pero tampoco creo que la respuesta sea convertir esta transformación en una carrera por hacer lo mismo con menos personas o más rápido.
Para mí, la pregunta importante es otra: si la tecnología cada vez nos permite hacer más en menos tiempo, ¿qué hacemos con todo ese potencial y dónde decidimos poner el valor?
Creo que ahí está una de las grandes decisiones que tenemos por delante como sector.
Durante mucho tiempo, nuestro valor se ha asociado a la capacidad de ejecutar proyectos, aportar conocimiento especializado y poner equipos de profesionales al servicio de nuestros clientes. Ese modelo nos ha permitido crecer y construir relaciones duraderas. Pero, en un mundo en el que la IA democratiza el conocimiento y acelera la ejecución, nuestra diferenciación no puede seguir dependiendo únicamente de cuánto sabemos hacer o de cuántas horas necesitamos para hacerlo.
Abandonar inercias para seguir diferenciándose
Tenemos que evolucionar hacia un modelo en el que el verdadero valor esté en entender mejor los problemas, hacer las preguntas adecuadas, tomar mejores decisiones y conseguir que la tecnología se traduzca en resultados reales para el negocio.
Y esto, que parece evidente, cambia muchas cosas. Cambia cómo vendemos, cómo medimos la rentabilidad, cómo organizamos nuestros equipos y cómo entendemos nuestra relación con los clientes. Nos obliga a abandonar inercias y a cuestionar algunas de las certezas con las que hemos trabajado durante años.
Pero, personalmente, hay algo que me preocupa tanto como la transformación del modelo económico: qué lugar queremos que ocupen las personas en esta nueva etapa.
No creo que debamos abordar la IA exclusivamente desde la eficiencia o la reducción de costes. Por supuesto que tenemos que ser más productivos y competitivos. Sería irresponsable ignorarlo. Pero también tenemos la oportunidad de utilizar esta tecnología para liberar talento, desarrollar nuevas capacidades y permitir que nuestros profesionales dediquen más tiempo a aquello en lo que realmente marcan la diferencia.
Porque hay algo que sigo teniendo muy claro: la tecnología puede ayudarnos a resolver problemas, pero entender qué necesita realmente un cliente exige escuchar; acompañar una decisión difícil requiere confianza, y construir una relación a largo plazo implica compromiso.
Y eso no se consigue simplemente incorporando la última herramienta del mercado, por inteligente que sea.
Quizá por eso, ante toda esta aceleración, en Stratesys hemos querido reivindicar una idea que para mí tiene mucho sentido: We Stay.
Para mí, We Stay no significa quedarnos quietos ni aferrarnos a una manera de hacer las cosas que ya no responde a la realidad. Significa evolucionar, adaptarnos y transformar nuestro negocio sin perder de vista quiénes somos y cómo queremos relacionarnos con nuestros clientes.
Significa recordar que nuestro trabajo no termina cuando implantamos una solución, entregamos un proyecto o cumplimos un hito. Nuestro compromiso va más allá. Queremos estar cuando las cosas funcionan, pero también cuando surgen dificultades; cuando el camino está claro, pero también cuando hay que ayudar a encontrarlo.
En un momento en el que todo parece acelerarse, reivindicar la cercanía puede parecer una idea poco innovadora. Yo creo exactamente lo contrario.
Cuanto más accesible sea la tecnología, más importante será cómo la utilizamos. Cuantas más soluciones tengamos a nuestro alcance, más valor tendrá saber elegir las adecuadas. Y cuanto más automatizadas estén muchas tareas, más relevante será contar con personas que comprendan el contexto, conozcan el negocio y sean capaces de construir confianza.
Para mí, el cuidado de las relaciones no es algo que añadimos a nuestra propuesta tecnológica para hacerla más atractiva. Es una parte esencial de lo que ofrecemos. Es lo que nos permite conocer de verdad a nuestros clientes, entender sus prioridades y acompañarlos en decisiones que no siempre tienen una respuesta sencilla.
Por supuesto, tenemos que abrazar la IA. Tenemos que invertir, experimentar, aprender y transformar nuestra propia organización. Debemos aprovecharla para mejorar nuestra competitividad y ofrecer más valor. Pero quiero que lo hagamos sin perder esa dimensión humana que, en mi opinión, seguirá distinguiendo a las compañías que construyen relaciones duraderas de aquellas que se limitan a ofrecer servicios.
No sé exactamente cómo será nuestra industria dentro de cinco años. Estoy convencido de que veremos cambios que hoy todavía nos cuesta imaginar. Lo que sí sé es que no podemos afrontar ese futuro pensando únicamente en cómo la tecnología va a cambiar nuestro negocio. También debemos decidir qué queremos preservar mientras lo transformamos.
Yo quiero una compañía que evolucione al ritmo de la superinteligencia, que aproveche todas las oportunidades de la IA y que sea cada vez más competitiva. Pero también quiero una compañía que siga poniendo a las personas en el centro y que cuide de verdad las relaciones con sus clientes.
Porque cambiar es imprescindible. Pero no todo tiene que cambiar. Y, en plena revolución de la superinteligencia, yo elijo seguir estando.



